domingo, 20 de maio de 2012

La estrella Venus-Lucifer


crepúsculo: la morada de Venus-Lucifer
Desde la noche de los tiempos el planeta Venus ha sido utilizado por muchas antiguas culturas como un símbolo espiritual e iniciático clave. 
En la vieja Mesopotamia, una de las cunas de la civilización, el bello y majestuoso astro que luce en el alba y el ocaso, fue representado como una rutilante estrella de ocho puntas. Lo divinizaron por encima de las demás lumbreras del cielo y se le otorgó el nombre de Ishtar (Estrella). Será desde entonces la Estrella por antonomasia, la primera y por ello la que da nombre a todas las demás, la Estrella principal y soberana, la princesa o reina de las innumerables estrellas del reino astral (reino de Ishtar), luego llamado cielo.
Hoy sabemos que Venus no es una verdadera estrella, sino el segundo planeta de nuestro sistema solar. Sin embargo, para los antiguos sabios de las viejas civilizaciones, lo que hoy llamamos planetas eran estrellas errantes (varían su ruta y aparición a lo largo de los años), ya que no siguen una diaria órbita circular fija como las demás luminarias (astros fijos) que giran repetitivamente cada noche en la oscura bóveda del firmamento en torno al eje polar. 
Dependiendo de cada cultura (politeístas o monoteístas) las estrellas eran dioses o ángeles celestiales. No concebían que fueran planetas o soles como ha descubierto la ciencia moderna, sino seres superiores inmortales que habitaban el plano astral o celeste. 
El motivo de esta página es explicar la importancia primordial que Venus/Ishtar (la estrella de ocho puntas) ha tenido en el esoterismo iniciático y religioso de todos los tiempos. Es la metáfora divina más incomprendida y al mismo tiempo quizá la de mayor importancia en múltiples sendas iniciáticas a lo largo de la historia.
Los antiguos observaron que la vida del mundo terrenal existe sometida a una ley de polaridad. Cada día está acotado por dos polos, el amanecer y el atardecer, imprescindibles y necesarios para que pueda acontecer el día. Y de estos dos polos en sentido inverso surge la noche. E igual ocurre con todos los fenómenos y todos los seres vivos que discurren a través de los inexorables principios de polaridad. La vida es el tiempo que trascurre desde el polo del nacimiento hasta el polo del fallecimiento. Todo lo que nace ha de fallecer. Pero también algunas religiones pensaron que la muerte no es sino otra vida entre estos dos polos en sentido inverso, una especie de periodo nocturno antes de un nuevo amanecer o nacimiento.
No puede por tanto mantenerse la persistencia de la vida porque se rompería la ley de polaridad que todo lo rige. No obstante lo eterno sería aquello que está por encima de la polaridad vida-muerte. Ciertos exploradores de los secretos del espíritu descubrieron un camino para liberarse o trascender el férreo dominio de la polaridad nacer-fallecer. Para entrar en el reino de lo eterno había que romper la polaridad, es decir morir estando vivo y solapar o integrar ambos principios para de esa forma liberarse de la dinámica de la polaridad.
Esos exploradores de los misterios del alma observaron un momento de equilibrio en la aurora y el ocaso, un instante de fusión entre el día y la noche, donde cada una se solapaba con la otra integrándose. Ese tiempo singular y mágico es el crepúsculo, fenómeno que se produce dos veces con cada giro de la Tierra sobre sí misma. Hay un crepúsculo de la mañana, la aurora, y un crepúsculo de la tarde, el ocaso. 
Durante esos momentos no es día ni es noche, no hay luz solar pero tampoco hay oscuridad, curiosamente sólo en el crepúsculo desaparecen las sombras del mundo, pues el sol produce sombras al igual que lo hace la luna llena. Simbólicamente llamaron reino de las sombras al día y a la noche. Y en medio de esa polaridad hay un portal (mejor dicho dos) donde las sombras desaparecen maravillosamente (como todos podemos apreciar si vivimos ese instante en el campo o la montaña), un momento de paz y belleza donde reina la hermosa luz crepuscular, la única que impide existan las sombras. 
Y en ese tiempo de fusión, donde se trasciende la polaridad, surge en el cielo un astro sorprendente, la luminaria más potente de todas (si exceptuamos a los dos astros contrapuestos o polares, sol y luna), el lucero que brilla al amanecer y al atardecer, el lucero crepuscular.  Este astro fue divinizado y recibió el nombre de Ishtar. Luego los romanos lo denominaron en latín Venus y así lo conocemos hoy en día. Pero su nombre inicial original es Estrella (Ishtar) y esta candela celeste especial aparecerá en el esoterismo de múltiples religiones, determinando y simbolizando los secretos iniciáticos.
La Estrella (la diosa Ishtar), que recibió variados nombres en distintas religiones, sobrevivió en el esoterismo espiritual de sucesivas culturas hasta siglos recientes. El brillante Lucero celeste se vonvertirá en el emblema simbólico de toda iniciación trascendente, llegando a ser considerado el portador de la luz.
Para diferenciar a Venus/Ishtar de los demás luceros del cielo se la representará siempre, desde los viejos tiempos (de Súmer, Caldea, Babilonia ...), como una estrella de ocho puntas y en algunas ocasiones en su centro un punto. Se tratará de una estrella iconográfica con rayos solares bien marcados, por lo que no debemos confundirla con esa otra estrella de ocho puntas compuesta de dos cuadrados superpuestos y cruzados, que es un simbolo solar. 
En esta carta de un Tarot egipcio apreciamos a la Estrella del crepúsculo (simbolizada tanto como un astro como por una desnuda mujer) rigiendo las aguas iniciáticas o bautismales y trascendiendo o integrando los opuestos, simbolizados por ese rombo amarillo (día) y negro (noche).
En el relato mítico de Inanna (otro de los antiguos nombres de Ishtar) encontramos que esta diosa desciende voluntariamente al Inframundo y se entrega a los demonios (que la desposeen de sus poderes) y provocan su muerte o desmembramiento. Allí es despedazada (como en el mito de Osiris) pero posteriormente renace al recibir el agua de la vida (integra a la muerte, se fusiona o se reconoce en la diosa del inframundo) para convertirse en una diosa renacida nuevamente esplendorosa.
Con el paso de los siglos y la llegada de los credos patriarcales que traerán nuevas divnidades la Estrella desaparecerá aparentemente, se camuflará, se transformará y recibirá nuevos nombres. Perseguida por las nuevas religiones manipuladoras de mentes (sentimientos de miedo, de culpa, etc)  la Estrella adoptará múltiples apariencias, máscaras o disfraces. La temerán por ser quien otorga la verdadera iniciación y transformación en la senda hacia la eternidad. En su metamorfosis la Estrella será a veces una Copa, denominada después como el Santo Grial o Copa de la Vida. En otras ocasiones se convertirá en un ente misterioso (príncipe angélico) que supuestamente traicionará al nuevo Dios patriarcal y será conocida así como Lucifer. En el paganismo las estrellas eran dioses astrales, pero en las nuevas religiones patriarcales monoteístas la estrellas serán entes celestiales llamados ángeles. Y el mayor de todos esos ángeles no podía ser sino la antigua Ishtar, ahora renombrada como Príncipe de Ángeles. Inventarán un nuevo relato mítico en el cual esta Estrella /Lucifer se sublevará contra el Dios patriarcal y por ello será desterrada a la Tierra de los mortales, tras ser vencida por las legiones de los ángeles fieles al nuevo Dios monoteísta. 
La Estrella, ahora caída, se precipitará al mundo terreno. Pero los esoteristas volverán a incluir los viejos símbolos escondidos en la nueva tradición. Así Venus/Lucifer, el que trae/o la que trae la luz, desprenderá de su celestial corona o de su divina frente (según versiones) una fabulosa piedra, portadora portentosa de poderes celestiales, la cual llegará a ser conocida en el medievo europeo como el santo Grial. Refieren las leyendas antiguas que cierto grupo de ángeles, llamados los ángeles neutros (verdaderos custodios de la luz), que no habían participado en la guerra entre los dos bandos celestes (cosmovisión patriarcal fragmentada del universo), tomarán esta piedra griálica y la esconderán en la tierra para que los humanos puedan hallarla y obtener los poderes del renacimiento.
En realidad dicha piedra grialiana no es sino el corazón o esencia energética de Venus/Ishtar (su sangre espiritual), único poder capaz de integrar y trascender la dualidad o polaridad que nos mantiene atrapados en este mundo terrenal o realidad ordinaria. 
La Estrella siempre ha sido la iniciadora. Figurará así a veces en el arte egipcio, junto a algunos dioses. Aparecerá en el relato del nacimiento del Jesús cristiano, guiando a unos magos de Oriente. Surgirá en el peregrinaje del Camino de Santiago, conduciendo a los peregrinos paganos primero e incluso a algunos iniciados del cristianismo después (desde la vieja Estella -en Navarra- hasta el Campus Stella -en Galicia-). 
Jesús nunca fue cristiano (palabra griega creada por San Pablo, verdadero inventor del cristianismo) sino que fue un iniciado luciferino. Jesús comenzó su ministerio tras ser bautizado, símbolo de las aguas lunares y venusinas, opuesto a cualquier rito solar. El Espíritu Santo está representado por la paloma, que es el ave que siempre simbolizó en la antiguedad a Venus/Ishtar. Jesús baja al Inframundo para integrar a la muerte y trascender la polaridad, lo cual no es sino la esencia de la senda luciferina. Jesús ofició liturgia en una copa o cáliz, donde ofreció su sangre, lo cual todo es una metáfora de la piedra/copa y la sangre grialiana, símbolos universales que ya existían en otras culturas antes del cristianismo.  
Los templarios (una enigmática orden monacal medieval) conocieron ese secreto, (perseguido y ocultado por la corrompida y materializada Iglesia oficial desde el mismo principio del cristianismo), y por ello en cierta forma se convirtieron en los nuevos custodios temporales del grial o senda luciferina. Ya previamente el esoterismo islámico había conseguido hacer sobrevivir a la Estrella creando en Jerusalem un templo grialiano, la octogonal mezquita de la Roca. Transformaron los ochos rayos de Venus/Ishtar en las ocho caras de un templo (el Templo de la Roca). Y en el centro de ese templo octogonal estará flotando metafísicamente ese punto que hay en el corazón de la Estrella, es decir flotará místicamente el santo Grial. Los templarios tomarán simbólica e idealísticamente su custodia y replicarán ese templo octogonal/estelar en Europa, especialmente en el Camino de Santiago, que no es sino una antigua y pagana ruta de la milenaria Estrella, lo que será tema de otra página. 
Así Lucifer/Estrella, transformado interesadamente en un diabólico satanás a partir sobre todo del siglo XVII, esconde en realidad una antiquísima senda iniciática perseguida por los poderes religiosos corrompidos. Algunos iniciados de distintas religiones conservaron este saber secreto a lo largo de la historia, pero nunca pudieron hacerlo manifiesto de forma explícita, pues conocían el odio y el poder de las fuerzas terrenales enemigas a las que se enfrentaban. Así que este secreto a unos pocos se fue transmitiendo oculto de generación en generación, hasta que prácticamente desapareció.

Texto original de Kababelan. Prohibida su copia y reproducción.

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